miércoles, 25 de mayo de 2011

LA BUENA NUEVA AMERICANA En busca de su Actualización

Arturo Orrego*



Sobre la tumba del Viejo Mundo pondremos esta inscripción: “Aquí yacen los dogmas de odio y la lógica de los esclavos”

(Bilbao 2008, 58).

El Evangelio Americano (1864), es la última obra publicada por el filósofo, escritor y político chileno Francisco Bilbao[1], quien fue reconocido como el “apóstol de la libertad” dados sus esfuerzos intelectuales y activistas a favor de una “verdadera” libertad en su país natal. Es precisamente a éste chileno que se debe la idea de América Latina[2], vinculada ésta a una determinada identidad anticolonial, elemento indispensable para el análisis crítico de sus escritos. El evangelio Americano surge, dado que según Bilbao, las nuevas generaciones no tienen libro; así, emprende el proyecto de establecer todos aquellos elementos que son propios y fundamentales de lo americano, lo que constituirá la “Biblia Americana” o el libro americano. El libro americano no es entonces, otra cosa, sino la exposición de “la filosofía popular del derecho, la filosofía de la historia americana, y la indicación del deber y del ideal” (Ibid., 6).

Por otra parte, el autor presenta una defensa a la idea republicana de gobierno, exponiendo en detalle los errores de los detractores de dichas ideas, pero siempre manteniéndose muy crítico a la comprensión del hombre en la civilización europea. De suerte que encuentra en el gobierno republicano la forma y expresión como el espíritu americano puede ser más propio, ello por encima de la barbarie de los europeos (2008, 10). Pretende también el chileno, dar una exposición de lo que verdaderamente es el hombre americano, pero sin los vicios de comprensión y alienación del Viejo Mundo. Develando así los potenciales del hombre americano –una posible antropología– y su deber en el espacio y tiempo, es decir, en América y en la Historia.

La titánica tarea adelantada por Francisco Bilbao, de reconstruir el libro Americano, encierra un profundo sentido anti-imperialista, pero sobre todo la previsión y articulación de la emancipación teológica, como condición de una posible y verdadera emancipación política y social. Lo anterior requiere del intérprete de sus obras, como lo invita Bilbao, una verdadera actitud de apertura, para sacudir así las viejas doctrinas y dogmas que enceguecen la razón y coartan la libertad, como la capacidad de escucharnos a nosotros mismos, como americanos, de suerte que:

Rompamos la piedra que impide nuestra resurrección, y libres en nosotros mismos, transfigurados sobre las ruinas del mundo envejecido, recibamos directamente, sin intermediarios, el testamento puro, la palabra viva de la eterna vida, la centella de la fuerza y el inmenso amor (Ibid., 208).

Preparados entonces para nuestra resurrección, sabiéndonos libres de conciencia, libre pensadores, en sentido crítico, podremos aproximarnos a la propuesta de la nueva religión de los americanos que Bilbao postula.

De manera que así como el Evangelio pretende anunciar –también denunciar– una buena nueva, una noticia novedosa, y cuyo contenido, es entre otras el centro sobre el cual puede gravitar toda su propuesta de “Id por todo el mundo, predicar el evangelio a toda Creatura” (Mateo 16), Bilbao presenta también su Kerigma, su Buena Nueva, su evangelio, pregonando con éste al hombre libre (Ibid., 207). Sobre esta idea esencial y ciertamente en boga de la época, es decir, sobre el kerigma del hombre libre, partirá todo su ideario político, social, utópico –es decir religioso y espiritual– que soportará la conformación del Evangelio Americano. Sin embargo, es importante recordar –dado que una lectura prejuiciada y desprevenida de Bilbao bien podría sugerir lo contrario– que aunque dicho kerigma de la libertad esencial del hombre, era asunto no poco discutido en la época, el Evangelio Americano, de sí, es ciertamente el llamado de resistencia y rebelión al Viejo Mundo –donde tan en boga estaba la idea de libertad–, y el oído atento a la voz que nos es propia “os conjuro hermanos míos, a escucharnos nosotros mismos”, exclama el chileno. ¿Puede acaso ello responder al simple remedo de las ideas liberales republicanas de las que ciertamente hace eco Bilbao? o ¿quizá pueda encontrarse en su kerigma de la libertad del hombre aquello que permita rastrear la semilla de lo que podría constituirse en liberación del hombre americano?, de ser así, ¿cuál es el cimiento sobre el cual soporta Bilbao la idea de la libertad del hombre?.

Para Bilbao, la liberación del hombre y la sociedad, pasa por la libertad del sujeto al gobernarse a sí mismo, es decir, por la soberanía del hombre, principio y tesis sobre la que el chileno planteará el Evangelio Americano, y contenido mismo del kerigma de la liberación del hombre (209). Sobre ello Bilbao convocará a sus atalayas, como en antaño lo hiciese Jesús:

Vosotras almas selectas que sentís la misión del apostolado de la justicia y libertad, y a quienes atormenta el insaciable deseo…vosotros “sal de la tierra”, institutores de la personalidad, apoderados del divino testamento, anunciad el Evangelio Americano, iluminad la inteligencia de todos los que esperan el día de justicia, el fin de toda tiranía, y la santa alegría de la paz (210).

Y es precisamente el kerigma de la Soberanía del hombre, el que lleva a Bilbao a identificar el verdadero evangelio, falseado ciertamente con el dogmatismo católico de la época que imponía la autoridad sobre la razón y la persona humana. Es precisamente en este reconocimiento de la soberanía del hombre, donde para Bilbao, descansan los valores filosóficos, políticos, éticos y antropológicos, es decir, la soberanía del hombre, es la pregunta que todos deben responder, pues ciertamente, afirma el chileno “La metafísica y la teología que niegue la libertad, es la raíz de la esclavitud” (211). El hombre soberano por lo tanto, es comprendido como individualidad, y ésta es condición misma de la existencia (211). Pues bien, si otro es quien piensa por mí, como sucede necesariamente en el catolicismo, donde se delegan ciertos “misterios” al sacerdote, al Papa, al padre, pues no es el hombre el soberano sino el otro es soberano del hombre. El hombre no soberano no es otro sino el esclavo, “Si creo porque otro cree, no soy soberano” (213). Pero esta soberanía no es propiamente el despotismo individualista que ciertamente no previó Bilbao en su inocente perspectiva de Estados Unidos, sino que es una soberanía que toma en serio la libertad propia como libertad de otros, de tal suerte que la ecuación ética no es tan sencilla como “mi libertad, hasta la donde llegue la de los otros”, sino que, en palabras de Bilbao “Mi libertad es la libertad de todos” (212), la libertad del individuo soberano, no es la libertad autista –éticamente hablando– de la modernidad, sino que es libertad “dialéctica” con el otro.

En este mismo sentido y espíritu libertario apuntan también las propuestas de la educación liberadora de Paulo Freire, un siglo después de Bilbao, cuando afirma que “Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo. Los hombres se liberan en comunión (Freire 2005, 3); y en una posible actualización del ideal de soberanía, Franz Hinkelammert se refiere al retorno del sujeto reprimido, al retorno del hombre sujetado a la voluntad, a la creencia y a la soberanía de otro:

Cuando hoy hablamos de la vuelta del sujeto reprimido y aplastado, hablamos del ser humano como sujeto de esta realidad…En esta perspectiva la liberación llega a ser la recuperación del ser humano como sujeto…No se “sacrifica” por otros, sino descubre, que solamente en el conjunto con los otros puede vivir (Hinkelammert 2002, 348).

Ahora bien, dista mucho de la propuesta de Hinkelammert y Freire, la forma como Bilbao postula que la Soberanía del hombre sólo es posible en el gobierno republicano, de manera que hace connatural al hombre verdaderamente libre y soberano, un determinado gobierno que es el republicano. Así, Bilbao postula entonces la “verdad-principio”, tomando como verdad la libertad del hombre, la soberanía del hombre y como principio la República “La República se dio en el “principio”, para todo lugar y tiempo” (Bilbao 2008, 216), constituyéndose ésta en la “ley eterna” del Evangelio Americano. Será tarea del actual americano soberano y libre, proteger, buscar y cuidar la “verdad”, pero reconstituir y refundar el “principio”, ya no simplemente en el estanco de una determinada perspectiva de gobierno, sino tomando en cuenta el devenir constante que acaece en la historia de los oprimidos de Americana.

Es en el devenir histórico que nos es propio, y nuevamente, no en el estanco “republicano” –o cualquier otro–, donde será posible la “resurrección”, el “primer día”, como menciona Bilbao, de la aparición del hombre como soberano y que muy al estilo escatológico del texto sagrado de los cristianos, anuncia el hermanamiento y redención del hombre con la creación. En palabras de Bilbao[3]: “La creación quiere ser escuchada y contemplada: he ahí su deseo; quiere ser comprendida y se prepara como entraña maternal para la incubación del hombre” (Bilbao 2008, 220).

Y dada la constitución de una Buena Nueva, de un evangelio cuyo kerigma es el hombre libre, la soberanía del hombre; la que se da en hermanamiento con lo telúrico, y en reconocimiento de que la libertad individual, es libertad de otros –no hasta el otro–, puede ya el hombre identificar no sólo su génesis, sino también su telos, su soteriología, su “salvación”, que en el Evangelio Americano no se da sino en el contexto de un “yo”-“tu”-“nosotros”, lo que en palabras del chileno:

Es la paz en la integridad de todas las facultades satisfechas. Tal es el Edén, el Paraíso, o la gloria que indican los libros sagrados; y ese es el ideal del filósofo y poeta. Es la armonía en el amor. El dolor y el mal no se conciben. Es la justicia: todos son libres. Es la fraternidad, pues el “yo” es el “tu” y es el “nosotros” (222).

Dicho sentido de redención, salvación y “liberación” del hombre, en íntima relación con el “yo”-“nosotros”, con la otredad, es justo el sentido de sujeto que en la actualidad postulan los teólogos latinoamericanos de la liberación y que en palabras de Hinkelammert, refiriéndose a la “vuelta del sujeto reprimido” se expresa así:

Por eso el ser humano como sujeto no es una instancia individual[4]. La intersubjetividad es condición para que el ser humano llegue a ser sujeto. Se sabe en una red, que incluye la misma naturaleza externa al ser humano: que viva el otro, es condición de la propia vida (Hinkelammert 2008, 348).

Pero adviértase también en este punto, que el Evangelio Americano, y el evangelio de Jesús –todo evangelio radical–, prevén no sólo el anuncio de una buena noticia para los hombres –especialmente para los excluidos– sino también la denuncia de todo aquello que se opone al proyecto de liberación; ello, es justamente la paradoja de todo Evangelio, pues ciertamente la buena nueva es por el contrario una mala nueva para aquellos que se hacen “cómplices de la tiranía” (Bilbao 2008, 223). Así también lo pregonó Jesús al decir “No piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. Pues he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra” (Mateo 10, 34-35), siendo el mismo que había afirmado “…Él me ha ungido para llevar buenas nuevas a los pobres, para anunciar libertad a los cautivos…” (Lucas 4, 18). Es justo en este –paradójico– contexto “evangélico”, en el que según Bilbao, es necesario reconocer e identificar “la caída en la mentira” (223), es decir, la caída en las doctrinas europeas del Viejo Mundo que participan de una demagogia de la libertad, pero que al priorizar el éxito y el triunfo como elementos a los cuales se ven “predispuestos”, promueven toda clase de despotismos, soportados por el uso de la fuerza, la coerción y legitimados en la idea de Estado, el que a su vez se convierte en religión. A ello, el chileno opone la religión que sería propia del americano, el self-government (224).

Esta “predisposición”, devela, según Bilbao, el carácter contradictorio de la libertad pregonada en Europa, en contraste con la americana, pues mientras para el Viejo Mundo su gloria es “el haber muerto mayor número de nuestros semejantes” (225), la gloria americana pregona “el esplendor que proyecta la práctica de la justicia y el amor” (Ibid.), de suerte que quienes se sienten dueños de la libertad –Viejo Mundo–, se han quedado sin la misma, pues están presos de su “predisposición” al triunfo. Ante la predisposición del Viejo Mundo, que al parecer para Bilbao funciona como una suerte de “predestinación” calvinista, se deben oponer las prácticas de justicia y amor, por encima del éxito y el triunfo, lo que ciertamente requiere un locus, que serán los empobrecidos: “Y a ese hombre, a esa masa, es a quien arrancar debemos del lugar donde lo han incrustado el egoísmo y la injusticia. He ahí el punto estratégico de las evoluciones de la gran política regeneradora de América” (228).

Así, Bilbao establece una diferencia entre la idea de libertad europea y la americana, pero también un principio ético que no es mediado por el éxito y el triunfo, sino por el amor y la justicia, lo que más allá de un romanticismo, también puede representar la puesta en marcha de un proyecto descolonizador radical que asume la historia desde el locus, no del éxito, sino del amor por los empobrecidos, es decir desde el reverso de la historia; acaso también la iniciación de la constitución del proyecto de hombre americano en la historia: “Es por esto que una de las grandes diferencias que caracterizan el espíritu, el ingenio, el modo de raciocinar y de sentir del hombre americano digno de ese nombre, ES SU REBELIÓN CONTRA LA HISTORIA” (223). Y ese asumir la historia de manera rebelde, es decir, por encima de la “predisposición”, requiere ciertamente el develamiento de aquello que mencionábamos “paradójico” en el evangelio; lo que encarna la Buena Noticia, es también la mala noticia, para quien no reconoce su historia –su pecado–.

Bilbao entonces y en el marco del evangelio, sabe bien que para que el kerigma sea efectivo, se requiere conciencia de la historia de colonización, para desde allí mostrar aquellos elementos que sustentaron el proyecto “civilizador-bárbaro” de los europeos y las consecuencias del mal-pecado “todo mal se desprendió sobre América. Pero el mal, así como todas las cosas, reviste el sello del agente. El mal no sólo fue la conquista, sino además la conquista española” (228). Si bien Bilbao opone de manera desafortunada Europa con Estados Unidos, no previendo lo que Leopoldo Zea (1978) identifica al llamar la atención sobre el hecho de que “…la toma de conciencia de la dependencia, lejos de conducir a la liberación de los hombres que la adquieren, conduce a nuevas formas de dependencia” (169), el chileno ciertamente aporta elementos de análisis para lo que hoy se identifica como sociología de la religión.

Bien comprende Bilbao, la relación que se establece entre un marco de creencias y unas determinadas prácticas, máxime cuando estas creencias están sustentadas en la fe y en Dios. Así a la pregunta, y ello en el contexto del “pecado” y de la historia de colonización, de ¿Qué es lo que determina la voluntad?, el chileno contestará sin reparos que “El pensamiento”, sobre las cuales ciertamente las creencias religiosas tienen supremacía:

En medio del torbellino de ideas, de móviles, de motivos, de atracciones que acosan a la voluntad y la solicitan con sentidos diferentes, ¿cuál es el más profundo de los pensamientos, el más poderoso de los motivos que la mayoría de los casos y en la mayoría de la especie humana determina la dirección de sus acciones?. La creencia religiosa. La religión es pues, el elemento principal que debe tomarse en cuenta para comprender la historia o dirigir la vida de los pueblo (230)

Queda manifiesta entonces la necesaria construcción de una fe y religión, de un evangelio, que se nos constituya como propio en el contexto Americano, un Evangelio Americano. Pero también una determinada forma de aproximación a la realidad social, ética y antropológica. Bilbao, con gran acierto, se adelanta a lo que posteriormente y en actualidad Max Weber (1905), Jean Pierre Bastian (1983), Heinrich Schäfer (1992), Mauricio Beltrán (2004), Fracois Houtart (2006), Franz Hinkelammert y otros afirman con respecto al umbilical relacionamiento entre la religión y el devenir social, político y ético. Baste resaltar la inquietante similitud entre el ejemplo que da Bilbao de la función del dogma, como “causa principal, de la suerte o condición de los pueblos” (231) y cuyo ejemplo es la interpretación del dogma de Abraham, en donde se “establece como verdad fundamental, la existencia de castas” (Ibid.); así mismo Franz Hinkelammert en, La fe de Abraham y el Edipo Occidental (2000) vincula la racionalidad, la religión del sacrificio y la muerte, como consecuencia de que occidente parte de una conciencia social, en el mito de Abrahán:

La sociedad humana se constituye sobre la base de mitos, que fundan la conciencia social…siempre el mito fundante trata de vida y muerte y en su centro está un asesinato y su recuperación o superación. Lo que cambia, es el significado del asesinato… (13)

Bilbao reconoce que el hombre puede entrar en contradicción entre sus dogmas y las leyes de la moral. Sin embargo, cuando ello sucede, el dogma siempre prevalece (231), muestra de ello se ejemplifica en la contradicción de muchas liberaciones en América, donde el dogma de sus líderes, revolucionarios, libertarios y carismáticos, primó sobre la libertad y la soberanía individual, deviniendo en estados centralistas y con figuras de poder dictatoriales, muy en coherencia con el espíritu del Viejo Mundo, cuyo ejemplo era la España decadente (Ibid.).

Ahora bien, para Bilbao, el problema de la contradicción del dogma, conlleva justo a la contradicción de la ley, la que permite el verdadero ejercicio de la soberanía individual y la libertad. De tal suerte, que en el nombre mismo de la libertad y la moral, se comenten y legitiman la imposición y el despotismo, como toda clase de inmoralidades; en palabras de Hinkelammert, opera una inversión ideológica de los derechos (Ibíd.).

Tu moral es caridad. ¿pero qué significa aquello de atormentar y quemar por caridad?...”ama a tu prójimo” Exterminad a los herejes. Y el dogma de la exterminación prevalece sobre el santísimo principio de la moral…Así pues, para conocer y juzgar a un pueblo preguntad por su dogma. No os dejéis alucinar con palabras “evangelio”, “caridad”…Preguntad por su dogma sobre su Dios…(Bilbao, 234).

No cabe duda entonces, que para el chileno, el dogma domina la moral, y éste constituye creencias raciales, como funciona también el mito fundante de Abraham, que devienen en prácticas de dominio y exclusión, lo que de sí condiciona y domina la vida de los pueblos americanos.

Y es justamente el entramado entre las prácticas opresoras y las ideas opresoras que problematiza Bilbao, el que permite comprender y consiguientemente afrontar, las contradicciones históricas que acaecen en América Latina. La América propuesta por Bilbao no es el remedo indio del “culto” mundo Europeo, que, valga repetirlo nuevamente, es decadente, en tanto que sus ideas de “libertad” o “dogma” están plagadas de prácticas de opresión.

De allí que Bilbao contraponga de manera categórica a España con Estados Unidos, aplicando el criterio de lectura de los dogmas y las doctrinas, es decir de las teologías que sustentan determinados regímenes políticos, para afirmar en el caso de España que “Es la encarnación de una religión, de un sistema político, social, económico en perfecta consonancia con su dogma” (Ibid., 239). Así, dado que el dogma católico comprende el trabajo como un castigo (como consecuencia del pecado originario), es natural que otros tengan que hacer el trabajo, de suerte que se genera un determinado sistema en el cual los desposeídos deben laborar, mientras los “buenos cristianos” solo ordenar. Cabe preguntarnos, si la relación dogma-práctica, propuesta por el chileno, ¿no puede también ser invertida en el sentido de unas prácticas sociales que generan un determinado dogma que le corresponde?.

En efecto, la relación establecida por Bilbao entre Dogma-Práctica, y no, practica-dogma, sigue siendo útil para el análisis de las situaciones políticas actuales. De manera paralela, se podría aplicar el principio de Bilbao, al dogma del pueblo de Estados Unidos[5]; pues dado que el trabajo ya no es maldición, castigo de Dios, sino, muy por el contrario y en el espíritu protestante, es bendición, es evidencia de la providencia divina, es la expresión de la gracia de Dios, este dogma ha generado una existencia agotado, agitada e inauténtica –en sentido heideggeriano– por las labores de la producción de mercancías, y en los últimos decenios, ya siquiera la producción sino el consumo de mercancías. Así el mismo criterio aplicado a los Estados Unidos evidencia, la veracidad de la sensible relación entre un cuerpo ideológico y práctico que le corresponde. Lo que ciertamente no previó el chileno, es que la expresión dogmática que acompañaba la empresa de la “libertad” en Norte América, estaba destinada a comprobar paradójicamente el llamado de Bilbao de “para conocer un pueblo hay que preguntar por su Dios”.

Pues bien, el Dios propuesto por aquel Estados Unidos de cucaña y su idea puritana del mismo, era el Dios del individuo, pero no en el sentido que el mismo Bilbao lo interpretó (individualidad, indivisible), sino en tanto unidad categóricamente excluyente del otro, de la solidaridad, del encuentro, del hermanamiento. Era justamente, el Dios no de la individualidad-indivisible, sino de la individualidad-divisible y dualista, que a partir de las décadas de 1960 a1980 se expresa en el fundamentalismo evangélico Norte Americano (Schafer 1992)

Si es correcta la tesis de Max Weber de que un protestantismo de índole calvinista-puritano, integrativo y orientado al progreso, fue la religión del capitalismo en ascenso, entonces es posible deducir que las formas dualistas y excluyentes del protestantismo, sobre todo las pentecostales y neopentecostales, son la religión por excelencia del mismo capitalismo en su crisis actual (Schafer, 177).

En otro apartado del Evangelio Americano, Bilbao recuerda que no existen instituciones libres sin religión libre, lo que también es cierto sólo en parte, pues el mismo espíritu crítico que el chileno tuvo con los Europeos y su idea de libertad, será necesario en la actualidad reinterpretarlo fuera de la “libertad” puritana, que en nombre de determinadas normas, sacrifica la vida misma y la dignidad de otros pueblos. La libertad por lo tanto de no ser asumida en el compromiso con el Otro, sólo convierte en la excuso para legitimar la opresión.

Proclamando entonces aquella verdad con la que Bilbao inaugura su Evangelio, en la edición de 1864, de que nuestros pueblos no tienen libro, no tienen evangelio y por ello su magna y aventurada empresa de escribir el libro americano. Podemos decir, en sintonía con el espíritu del chileno, que dado que el libro como “ideario” como doctrina, condiciona las prácticas y estas últimas generan también las primeras, es menester continuar la labor de la construcción de aquel ideario que ciertamente no se agota en las publicación del Evangelio Americano, sino que éste se constituye sólo en la perfecta imperfección de un inicio de un pensar, una religión y una identidad que nos sea propia como americanos. Ciertamente ello requiere el repensar nuestra identidad religiosa, política, pero sobre todo ético antropológica, pues de no creer en la posibilidad de una “americanidad” abierta y propia, carentes de sentido habrán de haber resultado las anteriores reflexiones.

* Filósofo, Licenciado en teología, Magistrante en filosofía latinoamericana, estudiante de especialización en Educación.

BIBLIOGRAFÍA

Bilbao, Francisco.1864. El Evangelio Americano. Buenos Aires: Bonaerense.

________. 2008. El Evangelio Americano. La Habana: Casa.

Freire, Paulo. 2005. Pedagogía del Oprimido. México: Siglo XXI.

Hinkelammert, Franz. 2008. El retorno del sujeto reprimido. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

________. 2000. La fe de Abraham y el Edipo Occidental. San José: DEI.

Schäfer Heinrich. 1992. Protestantismo y Crisis Social en América Central. San José: DEI.

Zea, Leopoldo. 1978. Filosofía de la historia americana. México: Fondo de Cultura Económico.



[1] Francisco Bilbao nace el 9 de enero de 1823 en la ciudad de Santiago de Chile, su padre Rafael Bilbao fue en ardiente partidario de las ideas liberales y patriotas, de tal manera que Francisco creció en medio de los estudios de Derechos y Filosofía, lo que lo llevó a la edad de 20 años a ser un conocedor de las obras de Cousin, Dupin, Rousseau y otros.

Para el año de 1842 se integra al grupo de juvenil intelectual “Sociedad Literaria de Santiago”, muy en contra de las ideas conservadoras, al año siguiente traducirá la obra de Lemennais La esclavitud moderna, autor con el que tendrá una cercana amistad. Pasa su vida entonces en medio de destierros que aprovecha para perfeccionar el manejo de los idiomas y su formación académica.

Muere el 19 de febrero de 1865 a la edad de 41 años, víctima de afecciones pulmonares.

[2] Es importante recordar al respecto del término América Latina, que el mismo ha sido adjudicado por años a la escuela Francesa, para dar sentido a la política de Napoleón III y la intervención en México a mediados del siglo XIX (Bilbao 2008, 8). Sin embargo, no cabe dudas que fue el mismo Bilbao quien en una conferencia en París el 24 de junio de 1856, titulada Iniciativa de la América, utiliza no sólo el término América Latina, sino el gentilicio “latinoamericano”; ambos para expresar sus ideas anticolonialistas.

[3] Es importante resaltar la forma como Bilbao se refiere a la creación como sujeto de acción, de “escucha”, ello en medio del contexto utilitarista y de la razón liberal de la que era heredero. No era común referirse a la tierra como sujeto de acción, sino como objeto de posesión, como objeto en sí mismo. Esta misma perspectiva telúrica la podemos rastrar también en el actual pensamiento Ecofeminista, en las teologías ecofeministas y de la Liberación, como también en el pensamiento ancestral.

[4] Es importante recordar, con la finalidad de no caer en contradicciones de algún tipo, que Francisco Bilbao se refiere al hombre como individual, pero dicha individualidad no es comprendida, como “autismo” y aislamiento, sino que por el contrario el chileno comprende la individualidad, como característica misma del ser humano, pues éste no es divisible, no puede escindir la fe de la política, la ética y la moral del cuerpo, sino que es en sí mismo individualidad (Bilbao 1860, 129).

[5] Es interesante la forma como Bilbao interpreta la sociedad, política y religión de Estados Unidos de su tiempo, en relación y contraste al muy seguro conocimiento de los discursos libertarios de Bolívar, marcados ya de un espíritu anti norteamericano , como se puede evidenciar en la Carta de Jamaica.

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